Puestos ambos a indagar sobre las personas aficionadas a las que pudiera
interesarles pertenecer a una sociedad con fines tan concretos, las
averiguaciones les llevaron a constatar con Jesús Crespo, Fernando
Castillo, Antonio Miranda, Antonio Rosal y Antonio Luna; (este último,
propietario de una taberna que había sido, en muy diversas ocasiones,
lugar de encuentro y desahogo de las inquietudes flamencas de la mayoría
de estos siete adalides que compondrían la primera “avanzadilla” de
la Peña).
Y fue que, con estas personas y en esta taberna, conocida como “La
esquinita te espero”, donde comenzó su andadura La Peña
Flamenca “EL Mirabrás”.
Fue allí, en un pequeño cuarto donde, todas las noches,
los siete fundadores se reunían para escuchar, con auténtica
emoción, las diversas formas del cante en un anhelo infinito
por asimilar, lo más posible, sus estructuras y sus estilos.
Pronto se les unió Juan Moreno, otro buen aficionado al que
le hicieron sitio en la tertulia y a la que aportó sus conocimientos
provenientes de una dilatada trayectoria vivenciar con el cante. Hoy,
por causas del destino y otros motivos, sólo quedan tres de
aquellos ocho que comenzaron la andadura.
El ponerle el nombre de “El Mirabrás” a la peña, en
unos años de mairenismo creciente, donde se hablaba de cantes
básicos y se cantaba por siguiriyas, soleares, bulerías
y tangos, principalmente, señalarse con una cantiña como
emblema identificador, resultaba bastante extraño. De ahí que
una pregunta asaltara al aficionado: ¿por qué “El Mirabrás”?.
Y se intentaba explicarlo así. Los primeros discos que en la
peña se oyeron, fueron uno de “La Niña de los Peines”,
otro de Rafael Romero “El Gallina” y un tercero de Los Hermanos Toronjo.
Eran tres pequeños singles, los cuales tuvieron, tal vez, la
audición más constante y atenta que disco alguno haya
tenido. Las voces y el contenido de los mismos penetraba día
a día con emoción en nuestros sentimientos y nuestros
gustos. Y, naturalmente, de uno de ellos habría de tomar su
nombre peña.
Primeramente se decidió desechar los nombres personales, ya
que por muy preponderantes que estos fueran y grande el cantaor que
lo llevara, daría pabilo a una creencia partidista que ni sentían
los socios ni estaban dispuestos a coadyuvar a que pudiera producirse
porque para ellos la grandeza del cante estaba por encima de cualquier
proselitismo. Luego –tal vez por ese trasfondo machista que todos llevamos
dentro- desecharon anteponer el femenino al nombre, con lo que quedaron
eliminados numerosos cantes como puede comprobarse haciendo un recuento
de ellos. Juan Velasco propuso “El Mirabrás”, imbuido, sin duda,
por la escucha diaria de Rafael Romero. Y explicó su propuesta
alabando su pronunciación rotunda y contundente para causar
impacto en quien lo escuchara y facilitarle al mismo tiempo poder retenerlo
en la memoria. El planteamiento fue aprobado y, al timón de
unos estatutos elaborados con contenidos que definieran su régimen
de funcionamiento, comenzaron a navegar bajo la enseña de “El
Mirabrás”.
Cierto es que los primeros años de la peña registran
escasa actividad, pues no nacía, como después lo hicieron
la casi totalidad de las existentes, con la idea preponderante de organizar
un festival cada año. En principio las aspiraciones eran humildes
y se asentaban en unos principios que se consideraban fundamentales:
asistir diariamente al local social, escuchar el cante, comentarlo,
aprenderlo y abrir las puertas del pequeño recinto que los albergaba,
a todo aquel se sintiera aficionado. Como consecuencia de esta última
razón de ser, la tertulia se fue ensanchando. Nueva savia brotaba
en nuestro pueblo al calor de aquellos aficionados y nuevas gentes
acudieron a las tertulias diarias que en “la esquinita te espero” se
celebraban. El círculo alrededor de la mesa se fue ampliando
y hubo que admitir nuevos socios. Jovenzuelos imberbes con aptitudes
para cantar (José Gómez, Justo Roldán, José Fuentes,
Antonio Berral, Antonio Luque), junto a otros de “barba cerrada”, solicitaron
ser admitidos. Ello obligó a reformar los estatutos y a legalizarlos
con una redacción más amplia y dinámica, acorde
con las exigencias de una peña dispuesta ya a embarcarse en
nuevos empeños.
En el año de 1971, con la colaboración del Ayuntamiento,
la Peña organiza el primer gran Concurso de los cuatro que tuvieron
lugar en años sucesivos. Acudieron 36 cantaores de todas las
provincias de Andalucía. La final, con un premio de 25.000 pesetas
(de las de 1.971) para el ganador registró estos nombres: Miguel
Mariscal, Antonio Suarez, Calixto Sánchez, El Barbero de Sevilla,
Manolo Ävila y Paco “El Clavero”. Como muestra de la participación
artística de estos concursos, basta con añadir algunos
más de los cantaores que en ellos intervinieron: Luis de Córdoba,
Navarro Cobos, José de la Tomasa, Pedro Lavado y un largo etcétera
de estupendos interpretes.
A partir del cuarto, se consideró que no existía razón
para seguir organizándolos puesto que no acudían participantes
nuevos. Es decir, no se presentaban al mismo jóvenes con aptitudes
cantaoras suficientes para ser premiados, por lo que decidió organizar
Festivales y dejar los concursos para más adelante, pero incluyendo
en ellos, eso sí, jóvenes promesas a las que ayudar en
su intento de abrirse paso en este mundo tan difícil; faceta
esta que ha estado siempre muy presente en las decisiones de la peña.
Decir al respecto que desde el año 1975, fecha del primer festival,
pasaron por el mismo la flor y nata de la flamenquería. Borren
ustedes de su relación mental a Antonio Mairena, Camarón
de la Isla y José Mercé, y den por incluidos a todos
los demás desde Enrique Morente y Fosforito, pasando por Terremoto
y Chocolate o Luis de Córdoba, Lebrijano, Menese, Ramcapino,
Gabriel Moreno, Curro de Utrera, Chano Lobato, José de la Tomasa,
Calixto Sánchez...
Pero volvamos a la historia que nos ocupa. Una historia de pervivencia
y lucha constante por los ideales flamencos y la consumación
de un anhelo, de un sueño que, en 1.980, se hizo realidad. La
terminación e inauguración de la actual sede social,
una de las más hermosas y bellas, en el decir de los aficionados,
de toda la geografía flamenca.
Como consecuencia del aumento constante del numero de socios, el entrañable
y nunca olvidado cuartillo de “La esquinita te espero”, quedó incapaz
para albergar a sus miembros, por lo que se hizo necesario buscar un
local más amplio que acogiera la creciente afluencia de socios.
Con inmensa nostalgia le dijimos adiós. Allí quedaban
enterradas muchas horas de respeto al cante, muchas vivencias y muchos
momentos agradables. Muchas esperanzas y muchas ideas encaminadas a
la difusión y grandeza del cante. De allí nos trasladamos
al Bar Santi, donde al cabo del tiempo –dos años aproximadamente-
se nos comunicó que deberíamos irnos porque el propietario
proyectaba abrir una discoteca. Aquel desalojamiento inmediato nos
hizo vislumbrar que el futuro se mostraba inseguro. El panorama de
inestabilidad que se nos aparecía, yendo de un sitio a otro
sin encontrar un local durable, fomentó la idea en muchos de
los socios de adquirir un local propio donde asentarnos definitivamente.
Fueron varias las salidas que se buscaron pero una prevalecía
sobre las demás. Consistía en comprar unos terrenos y
construir, con el esfuerzo de todos, el edificio que nos albergara.
Una idea romántica que exigía mucho altruismo y voluntad.
El día 13 de Mayo de 1.978 celebra la Peña una Asamblea
Extraordinaria con este único punto como asunto a tratar. Es
una reunión acalorada, en la que cada socio expone sus ideas;
ideas que, poco a poco, van concentrándose en una sola: la compra
de terrenos y la construcción de un local con el trabajo, sábados
y domingos, de los peñistas. Sometida a votación la propuesta,
se aprueba con un solo voto en contra. El plan está en marcha.
La ilusión y el deseo viviendo en las mentes de los socios.
El futuro dirá si somos unos locos capaces de alcanzar una meta
que no conocemos.
Se nombran varias comisiones para que se encarguen de buscar terrenos
donde ubicarla. La actividad es incesante y los resultados inmediatos.
La propuesta que más satisface es la que hoy alberga la sede.
Sobre todo porque se encuentra alejada del núcleo de la población
y, por tanto, ajena a que los vecinos se sientan molestos por el “ruido” del
cante. Una vez adquiridos los terrenos, comienzan los proyectos, las
conjeturas, las posibilidades de construir un recinto que satisfaga,
a largo plazo, las actividades más ambiciosas. Se da comienzo
a las obras con un objetivo primordial: construir una nave amplia que
dé cobijo a los socios y permita organizar actos flamencos.
Las solicitudes para pertenecer a la misma se incrementan, pese a que
ha quedado bien claro que la hemos de construir nosotros, los socios,
trabajando por turnos sábados y domingos. La tarea se sabe larga
y también que el trabajo ha de ser arduo, pues la economía
ha quedado a cero después de haber pagado los terrenos. La gran
empresa se pone en marcha al mismo tiempo que la imaginación
para obtener fondos que permitan la compra de materiales.
Hoy existen ayudas y subvenciones de todo tipo para una empresa cultural
como la que nosotros pretendimos hace 25 años, pero entonces
no recibimos por tal concepto ni una sola peseta. La peña contaba
con albañiles, herreros, fontaneros, estudiantes, empleados,
hombres del campo, gentes de todos los estratos sociales dispuestos
a aunarse en el esfuerzo común, llevados en volandas por una
ilusión desmedida y una voluntad férrea, vigorosa, indesmallable
ante las vicisitudes que el proyecto presentaba.
Pero aunque la esperanza y el esfuerzo se mantenían vivos,
algunos aún se mostraban escépticos. “Es difícil
mantener la ilusión en una empresa que se presiente larga”,
manifestaban. Mas las obras continuaban a buen ritmo y las solicitudes
de ingreso en la sociedad eran constantes, atraídos, sin duda,
`por la seductora voz de un empeño tan romántico.
Pronto llegamos a los 125 socios y decidimos cortar la admisión
pensando en que, en los momentos de más afluencia a la misma,
todos pudieran tener ubicación.
La construcción de la peña sigue su ritmo constante.
Cada turno pone su mayor ahínco para superar al anterior. Se
calibra el avance día a día. La satisfacción se
refleja en las caras. Cada semana de trabajo registra una sorpresa,
un nuevo detalle que la engrandece y ayuda a fortalecer el ánimo.
Todos los socios muestran su satisfacción por los resultados
conseguidos.
El problema económico se hace acuciante. Soñamos con
el cemento, con la arena, con el hierro; hacemos rifas casi semanales,
montamos casetas en la feria, y los mismos que de día son albañiles,
por la noche son camareros. Hay un hecho que nos ayuda e impulsa; el
pueblo está con nosotros, vive con nosotros la odisea y colabora
cuanto puede, pues el pueblo entero vive y alienta nuestro esfuerzo.
Se siente copartícipe de nuestro empeño.
En el año de 1980 la peña está terminada. Y se
inaugura. Y viene a cantar, ¡quién si no!, Rafael Romero,
con la guitarra de Perico el del Lunar (hijo). Una noche inolvidable,
en la que los rostros de los peñistas muestran su gran satisfacción,
su orgullo, su complacencia de ver el lejano sueño hecho realidad.
Ya nadie podrá decirnos: tenéis que iros, necesito el
local.
La peña consta de dos recintos: uno cerrado con 180 metros
cuadrados aproximadamente y otro con 200 al aire libre.
Críticos, cantaores y aficionados coinciden en llamarla, por
su grandeza y armonía arquitectónica, “La catedral del
cante”. Y también porque por ella, con motivo de recitales,
ciclos culturales, etc. han pasado los mejores ejecutantes y devotos
de nuestro credo flamenco. Prolijo sería enumerar el numero
de actos celebrados en la misma; los más emblemáticos
comentaristas del flamenco han pasado por su aula para disertar; cantaores
enciclopédicos o especialistas en diferentes palos, han dejado
su eco y su maestría vagando para siempre en el recuerdo; momentos
de inspiración y entrega que nunca serán olvidados, jalonan
su memoria; días de convivencia con otras peñas, encuentros
de amistad y concordia, celebraciones de aniversarios de artistas importantes
han tenido espacio en esta peña muy atenta siempre a exaltar
la grandeza histórica de los grandes intérpretes del
mundo flamenco. Todo ello en cumplimiento a la razón de ser
que siempre ha guiados nuestros actos: respetar y conservar la llama
viva que mantiene nuestra cultura musical.
En su ya larguísima trayectoria, la Peña Flamenca “El
Mirabrás” ha organizado numerosos concursos con la presencia
de muchos de los que hoy son figuras del cante; excelentes festivales
con la presencia de los más destacados artífices del
flamenco; noches flamencas con uno o dos participantes, donde el mas
respetuoso silencio ha arropado a cantaores desarrollando un amplio
repertorio de palos; ciclos flamencos donde la palabra se ha unido
al cante en una consagración extraordinaria del sentir y el
pensar andaluz; homenajes y reconocimientos a artistas cuya aportación
al flamenco ha sido crucial (Bernardo el de los Lobitos, Perico el
del Lunar, Juan Varea, Curro de Utrera, Fosforito, Pedro Lavado); homenaje
a la Antología Flamenca de Hispavox, la primera de todas no
solo por el tiempo si no por grandeza e influencia en el cante de hoy;
centenarios (los de Manuel Torre, Pepe Pinto, Pepe Marchena), exaltaciones
anuales a la saeta y un largo etcétera de actos que sería
prolijo enumerar.
Si alguien de los que se introduzcan en esta página,
estuviera interesado en conocer más datos sobre la Peña
Flamenca “El
Mirabrás”, podrá dirigirse a esta dirección de correo
electrónico: elmirabras@gmail.com